Hace años hubo un país que vivió bajo la sombra de una dictadura donde los que mandaban impidieron al pueblo acceder al conocimiento obligándole a quemar libros y así poder mantenerlo parado y controlado en todo momento a través de unos medios de comunicación totalmente manipulados y una total indefensión ante la justicia. La mayoría del pueblo, a pesar de no estar conforme, no tenía otra opción más que acatar las órdenes y esperar a que el futuro trajera tiempos mejores. Esta época se remonta a la dictadura que vivió la Alemania de Hitler, pero como se puede apreciar, existen muchísimos detalles que nos recuerdan a la situación político-social por la que está pasando España hoy en día.

Desde el mismo día en que el actual gobierno ganó con mayoría absoluta las elecciones anticipadas de noviembre de 2011, el pueblo español selló su destino y a partir de ese día, se fueron tomando una serie de decisiones muy similares a las adoptadas en otra época anterior. Transcurridos ya casi 2 años después de ese hecho, España vive bajo la sombra de un gobierno con carta blanca, que ha elevado las tasas universitarias brutalmente y eliminado becas impidiendo la matriculación de infinidad de estudiantes, ha impedido el acceso a la justicia a miles de indefensos imponiendo unas tasas absurdas y, además, intenta apaciguar a la sociedad a través de unos medios de comunicación públicos totalmente parciales.

El gobierno actual ha engañado a sus votantes incumpliendo su programa electoral por el cual muchísimos de ellos le votaron, está inmerso en tramas de corrupción donde casi no se salva algún miembro de su partido, y mientras tanto existe una total desinformación donde los pocos medios de comunicación objetivos apenas pueden obtener respuestas.

Invito a una profunda reflexión a todo el pueblo. Tomemos nota: ningún partido debe gobernar con mayoría absoluta. Cuando ello sucede y sobre todo inmerso en una crisis, se llegan a tomar medidas como las citadas anteriormente y que han dado paso a que exista la mayor desigualdad social entre clases de la historia. Si tenemos que convivir con este sistema porque no hay más remedio, hagámoslo de una forma más inteligente y no le entreguemos todo el poder a un grupo de personas. Sólo así evitaremos la dictocracia.

Si nos paramos a pensar en las grandes potencias mundiales, éstas van asociados un tipo de producto determinado. A Alemania le asociamos los coches, a EEUU la tecnología, y a China los precios bajos. La pregunta es, ¿qué producto se identifica con España que nadie más en el mundo puede ofrecer? Si no se te ocurre ninguno a parte del turismo, puede que estés en lo cierto.

El gran problema de España, es que la única forma de salir de la crisis es exportando. Y digo que es el gran problema, porque España no sabe ahora mismo qué producto puede ofrecer al mercado que sea competitivo, innovador y diferente. Ni lo sabe ahora mismo, ni lo sabrá en un futuro si no cambian las cosas.

Existen dos formas de conseguir que un producto sea competitivo: reduciendo el gasto e invirtiendo en I+D+i, y si se combinan estas dos formas de actuación, aún mejor. Si se reduce el gasto, ganas en eficiencia y afecta a corto plazo positivamente en su competitividad, ya que reduces el precio. El único problema, es que el producto sigue siendo el mismo, y queda obsoleto en el largo plazo. Por otro lado, si se invierte en I+D+i, el producto se renueva constantemente y se ofrece al mercado algo diferente y novedoso que puede estimular el mercado y vender más fácilmente en el largo plazo.

Es aquí donde radica el gran problema de España. Las medidas optadas por el gobierno actual hablan de una fortísima reducción del gasto público a base de recortes en muchas áreas. Esto resulta beneficioso, como he explicado antes, para conseguir competitividad. La parte más negativa viene cuando esos recortes afectan directamente a las subvenciones donadas a la investigación. Sin ellas, el posible futuro producto de España se queda estancado, y la alta competencia en un mercado global como el de hoy en día nos pasa por encima. De ahí que la nueva generación de licenciados haya decidido emigrar. ¿De qué sirve formar a los mejores ingenieros y enfermeros de Europa, si luego no tienen con qué producir?

Hoy en día, el único producto que España puede exportar es el turismo. Gracias a nuestra cultura, gastronomía y clima, más de 50 mil turistas visitaron nuestro país en 2011. Este dato es muy alentador, si bien es cierto que prácticamente ninguna inversión pública ha ayudado a incrementar o mantener estas cifras, principalmente, porque no dependen de ella. El clima, la cultura y la gastronomía son factores que no requieren de ninguna inversión importante.

Es en la industria donde principalmente se debe invertir y donde, desgraciadamente para España, ha ido perdiendo fuerza con respecto al resto de sectores. Hoy en día, el sector industrial es básico en prácticamente cualquier economía para seguir creciendo. Una economía no puede basar su crecimiento económico en la construcción (sobre todo, de viviendas), y eso es exactamente lo que ha pasado en estos años. Sin poner remedio, hemos visto como durante estos años ha ido disminuyendo la importancia del sector industrial a la vez que la ganaba la construcción hasta prácticamente igualarse en el 2009.

Analizando esta información a simple vista, la solución parece bastante simple: dotar al sector industrial de una importante suma del pastel que compone el dinero público, sobre todo con respecto a los demás sectores. Si esto es así, ¿por qué no se hace? Ahora mismo, se me ocurren un par de teorías que podrían explicarlo. La primera y más evidente es que invertir en el sector industrial no permite salir en la foto a nadie, ni tampoco ponerse medallas (por lo menos a corto plazo), y eso es algo que la clase política no puede permitirse. De hecho, pienso que para eso están ejerciendo esa profesión, para poder inaugurar hasta un aeropuerto sin aviones con tal de salir en los medios.

La segunda tiene que ver con una lección básica de la economía: lo que es beneficioso al corto plazo, no lo es al largo, y viceversa. Un político puede pensar: “¿Para qué voy a invertir en un bienestar económico a largo plazo si, a lo mejor, en cuatro años ya no estoy en el poder? ¿Para que se pongan medallas otros? Ni en broma.” Es ahí cuando me nace la siguiente cuestión acerca de si las leyes de la democracia son las mejores posibles, sobre todo cuando una regla básica en la economía es diametralmente opuesta al modelo democrático actual, pero ese es otro debate diferente.